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Diccionario etimológico y toponímico
Mónaco y la Costa Azul. Glamur a bajo coste   1er Interrail   Julio 1991
Mónaco I Niza I La Napoule I Le Trayas I San Remo I Cannes
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En el transcurso de mi primer Interrail por Europa, en compañía de mis colegas Fernando e Isidoro, nos dejamos seducir por el encanto y el glamur que desprenden Mónaco y la Costa Azul francesa. Fueron dos días de infarto, a bordo de trenes de cercanías que nos catapultaron a increíbles rincones de Niza, Cannes y Mónaco, principalmente los relacionados con sus fabulosas playas.

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Mónaco desde "La Roca"


Consejos e información útil
  • Un billete Interrail es ideal para recorrer la Costa Azul.
  • Recordad que Mónaco tiene parada de tren de la SNCF (ferrocarriles franceses).
  • El centro de Mónaco se localiza en torno a la roca que acoge el palacio de los Grimaldi.
  • Al pie del promontorio rocoso de Mónaco encontraréis las escaleras que conducen a la cala Baia dei Pescatore o Crique des Pêcheurs. Es ideal para bañarse.
  • Entre Cannes y Le Trayas encontraréis magníficas playas con parada de tren propia. Por ejemplo, Napoule.
  • En el bulevar de la Croisette de Cannes tenéis una fabulosa playa de arena.
  • Tened en cuenta que los trenes de largo recorrido tienen su salida en Niza.
  • Recordad que la Costa Azul tiene precios prohibitivos, sobre todo en lo referente al alojamiento y a los restaurantes.

  • Trayectos:
    1/ De Zúrich a Niza y Mónaco.
    2/ Trenes de cercanías entre San Remo y San Rafael.
    3/ De Niza a Ginebra.
  • Alojamiento:
    - En los compartimentos de los trenes nocturnos.
    - En la estación de tren de Niza.
  • Lo mejor:
    - El inesperado baño en la cala Baia dei Pescatore de Mónaco.
    - Las playas y las calas ubicadas entre San Rafael y Cannes, con parada de tren propia.
  • Lo peor:
    - A última hora descartamos pernoctar en el albergue juvenil de Le Trayas y nos vimos obligados a dormir en el suelo de la estación de Niza.



Primer día


Mónaco

El Interrail por el centro de Europa no daba tregua. Esa noche viajamos en un tren nocturno por tierras suizas y francesas. Habíamos salido de Zúrich a última hora del día y, tras circular por el este de Francia, alcanzamos Marsella. A partir de aquí, el tren progresó hacia el este por la Costa Azul, hasta llegar a Niza, su destino final. Un nuevo tren regional nos condujo, en diez minutos, a Mónaco-Ville, la principal estación del rimbombante y diminuto Principado (actualmente es Mónaco-Montecarlo, y está soterrada).


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Vieja estación de Mónaco-Ville

Mónaco es el segundo país más pequeño del mundo, tras el Vaticano. Aquí las distancias se miden en pasos, aunque, como quedó patente esa mañana, algunos las cubrían en cochazos de lujo. No había visto nunca tanto vehículo de gama alta por metro cuadrado. Tras un brevísimo descenso por las retorcidas avenidas de La Condamine, fuimos a parar al puerto Hercule, con sus yates de lujo acaparando la atención de propios y extraños. Desde este punto, encaramado en lo más alto del promontorio rocoso que originó el estado de Mónaco (conocido como "La Roca"), ya pudimos avistar el Palacio del Príncipe, la morada de la familia Grimaldi.


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Mirador de la Porte Neuve

Abordamos La Roca por su cara norte, la única que es accesible a pie. Y en unos segundos, ascendiendo por la avenida de la Porte Neuve, alcanzamos el mirador de la Porte Neuve, que nos brindó la mejor imagen del pequeño Principado, con el barrio de Montecarlo y su Casino destacando en la parte derecha.


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Mirador de la Porte Neuve

Rodeamos La Roca por la avenida de San Martín, con la vista puesta en el mar Mediterráneo. Pasamos por la entrada al Museo Oceanográfico de Mónaco, una estructura construida en las entrañas de La roca, a 85 metros sobre el nivel del mar, famosa por haberla dirigido el naturalista Jacques Cousteau durante 30 años. Y al final de la calle, más allá de los jardines de San Martín, descubrimos otro mirador, el que se asoma al barrio de Fontvieille, con sus feos bloques de pisos desparramados junto al puerto.


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Jardines de San Martín

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Puerto de Fontvieille

A continuación penetramos en el casco viejo de Mónaco, un conjunto de estrechas y empinadas callejuelas por donde apenas penetraba el sol. Aquí vimos la moderna catedral de Mónaco, del siglo XIX.


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Catedral de Mónaco

Finalmente abordamos la parte más alta de La Roca, reservada al Palacio del Príncipe, fundado en 1191 como una fortaleza genovesa. Se trata de la residencia oficial del Príncipe de Mónaco.


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Palacio del Príncipe. Mónaco

Al abandonar La Roca por la avenida de San Martín, descubrimos casualmente unas empinadas escaleras que conducían a una pequeña cala conocida como Baia dei Pescatore. La diminuta playa estaba cubierta de guijarros y no tenía más de 80 metros de largo, que fueron suficientes para acoger los gratificantes baños que nos dimos.


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Cala Baia dei Pescatore



Niza

Un destartalado tren de cercanías nos condujo, en 15 minutos, a la estación central de Niza, (Niza-Ville). Pretendíamos pasar la tarde en la capital de los Alpes Marítimos y, mientras descendíamos hacia el centro histórico, fuimos ojeando la guía de albergues juveniles de la ciudad. Había un youth hostel en el extrarradio de Niza y otro en Le Trayas, pedanía perteneciente a San Rafael. Y elegimos la segunda opción.


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Estación de Niza

Pero antes de partir a Le Trayas, nos adentramos por el entramado urbano de Niza, consolidado en torno al Cours Saleya, una coqueta plaza jalonada de restaurantes y cafeterías. El centro de la plaza estaba reservado al mercado de las Flores, un encantador recoveco sembrado de alegres puestos donde se vendía toda clase de flores y plantas.


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Plaza Cours Saleya. Niza

El centro histórico de Niza se encuentra a dos pasos de la playa, bajo la colina que alberga el castillo. De la colina parte la Promenade de los Ingleses, suntuoso paseo marítimo de 10 km. de longitud cuajado de palmeras y palacios belle époque. Su playa, en cambio, resultó un fiasco porque estaba llena de piedras del tamaño de un puño, motivo suficiente para descartar el baño.


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Promenade de los Ingleses. Niza



Le Trayas (San Rafael)

Partimos de Niza a última de la tarde, en un tren de cercanías cuyo destino final era Marsella, y que debía conducirnos a Le Trayas. Pasado Cannes, nos apeamos en Napoule con la intención de bañarnos en una de sus fabulosas playas de arena. Más tarde, gracias a un nuevo tren, alcanzamos la diminuta estación de Le Trayas, un solitario lugar que nos decepcionó por hallarse alejado de cualquier núcleo de población.


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Estación de Le Trayas

El youth hostel se hallaba a dos kilómetros de la estación, montaña arriba. Cubrimos esa distancia caminando por la empinada carretera, de espaldas al mar y a la incipiente puesta de sol. Pagamos el hostel por adelantado y cuando nos estábamos instalando, tras un repentino cambio de planes, decidimos marchar de ese aburrido lugar y regresar de nuevo a Niza.


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Le Trayas desde el youth hostel

Estuvimos de copas en la plaza Cours Saleya, y de madrugada marchamos a dormir a la estación de tren de Niza-Ville. Pero como estaba cerrada, no nos quedó más remedio que estirarnos sobre el frío suelo de baldosas que precedía a la entrada del vestíbulo.




Segundo día


San Remo (Italia)

Habíamos dormido poco y mal esa noche, al raso frente a la estación de tren. Y a las cinco de la mañana, intentamos dormir algo en los asientos del primer tren de cercanías que partió de Niza, y que llevaba por destino San Remo, ciudad costera de Italia famosa por celebrar un festival anual de música.


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Estación de San Remo

La estación de San Remo estaba junto al puerto (actualmente está soterrada), muy cerca del centro histórico, lo que nos permitió abordarlo a pie. Recorrimos algunas calles próximas a la Catedral, construida en el siglo XIII; pero muy pronto, el cansancio acumulado por la falta de sueño hizo mella en los tres, lo que motivó que regresáramos otra vez a la estación. Un nuevo tren de cercanías nos trasladó nuevamente a la Costa Azul francesa.


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Catedral de San Remo



Cannes

El tren se detuvo en Ventimiglia y en todas las estaciones de la Costa Azul francesa, pequeñas y grandes, en poblaciones como Menton o en fabulosas playas como la de Juan les Pins. Y de todos esos destinos, el que más llamó nuestra atención fue Cannes, ciudad que acoge anualmente otro festival, en este caso dedicado al mundo del celuloide.


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Estación de Cannes

En Cannes se respiraba más glamur que en Niza o en Mónaco. Resultaba evidente, sobre todo al caminar por el bulevar de la Croisette, con sus palmeras y sus hoteles exclusivos. La playa de la Croisette es el punto fuerte de Cannes. Estuvimos en ella hasta la hora de comer, en este caso un pollo asado que adquirimos en un comercio regentado por un ciudadano español.


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Playa de la Croisette. Cannes

Por la tarde, tomamos un tren de cercanías hasta Niza, que a la postre se convirtió en la puerta de salida de la Costa Azul. Fernando partió el primero hacia Barcelona en un tren de media distancia que se dirigía a Perpiñán, vía Montpellier, e Isidoro y yo salimos unas horas más tarde en un tren nocturno cuyo destino final era Ginebra, en Suiza.








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