La mexicana península de Yucatán me recibió con el azul infinito de Tulum, las aguas juguetonas de Xel-Há, la vida vibrante de Playa del Carmen y la selva que abraza las piedras antiguas de Cobá. En Chichén Itzá y Valladolid sentí el peso suave de la historia maya y colonial, mezclándose en plazas, templos y calles llenas de color. Bañarme en cenotes como Choo-Ha fue entrar en el corazón de la tierra, donde la luz se filtra al agua y todo parece quedarse en silencio.